La conversión del Corazón

 

III PARTE: SEDIENTOS DEL SEÑOR

“Te afanas y preocupas por muchas cosas, pero sólo una es necesaria…” (Lc 10:41)

 

"Conozco tu conducta: tus fatigas y tu paciencia en el sufrimiento: Tienes paciencia en el sufrimento: has sufrido por mi nombre sin desfallecer. Pero tengo contra tí que has perdido tu amor primero..."

[Apoc 2:2-5]

 

LA CLAVE DE LA RENOVACIÓN

es la conversión, el deseo y la decisión de cambiar, para comenzar ese éxodo del corazón que nos renueve y nos permita vivir de nuevo nuestro "amor primero". Jesús nos previene de un modo especial a nosotros profesionalmente religiosos, en el sentido de que solo el esfuerzo para salir de nuestra complaciente mediocridad, solo el deseo de conversión nos permitirá entrar en el Reino que vamos abriendo para los demás. La naturaleza misma del Reino exige conversión: "Arrepentíos, porque el Reino del los cielos se acerca" (Mt 4:17). Nuestra autocomplacencia es nuestro enemigo mas peligroso, ya que "si decimos que no tenemos pecado alguno nos engañamos", (1 Jn 1:8), y por lo tanto "nuestro pecado permanece" (Jn. 9:41).

A través del evangelio, Jesús tuvo las palabras mas duras para el clero de su tiempo; su pena más grande, la falta de fe de sus propios apóstoles. ¿Encontraría alguna diferencia si Él retornase en nuestros días? ¿Se vería Él en la necesidad de acusarnos de ser "guías ciegos" (Mt 15:16) que me "honran con sus labios, mientras sus corazones están alejados de Mí?” (Is 29:13) ¿0 sería quizá su única queja que "hemos caído y hemos perdido nuestro amor inicial", que podríamos ser mejores de lo que somos si dejásemos de pactar con nuestra mediocridad y le pidiésemos a Él que nos cambiase, a Él que no pudo amarnos más de lo que nos amó, y que espera mas de cada uno de nosotros?

Cada uno de nosotros debe poder llegar a decir que Jesús ha venido para llamarme a mí a la conversión, "ha venido a traer la espada" a mi interior (Mt 10:34). Nuestra renovación, nuestra conversión siempre será una respuesta a la propia "conversión" de Dios, a Su propia "vuelta hacia" cada uno de nosotros en el amor, una conversión que logró nuestra primera "renovación" en Su sangre. Que nuestra conversión sea total como la Suya.

 

FE

El primer paso para nuestra renovación, que bien puede ser el mas importante, consiste en una revitalización de la fe. No podemos quedar satisfechos con una fe impresa en un libro, una fe desencarnada, aquella que sea todo menos un contacto real con un Dios real. La fe nos pone ante la presencia de Dios, supone un encuentro con un Dios a quien podemos tocar. El consentimiento meramente intelectual resulta tan inferior a una fe vivida, como la lectura de la descripción de una persona resultaría respecto del encuentro con dicha persona. Para San Juan, la fe es ya un modo de visión, en el marco de un contacto personal directo. Hemos de preguntamos dentro de qué categoría quedaría nuestra propia experiencia de fe. "Pero no necesitamos errar por el desierto toda nuestra vida; la fe viva es un don que recibe el que lo pide" (Muhlen).

Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe. Probaos a vosotros mismos." ¿No reconocéis que Jesucristo está en vosotros?" (2 Cor. 13:5). Aquel Jesús que vive en nuestros corazones nos comunica su poder transformante, renovador dentro de nosotros mediante la fe. "¿Crees que puedo hacer esto por ti…? Que se haga según tu fe" (Mt. 9:28). Una fe superficial nunca puede canalizarnos hacia el poder de Jesús, al igual que el contacto superficial de las muchedumbres que apretujaban a Jesús no producía efecto, no sanaba. Solo la mujer samaritana que tocó lo mismo que los otros, pero con tal profundidad de fe que sintió la "fuerza que salía de Él" (Lc.8:46). La fe es la interiorización del evangelio y de su realidad, un contacto con el poder renovador de Jesús. "Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe" (1 Jn 5:4).

 

BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZON

La radicalidad, común denominador de las exigencias del Reino, encuentra expresión sobre todo en la pureza de corazón. Un amor indiviso que rehúsa servir a dos señores, una totalidad de corazón que no pone obstáculo, "ni falsos dioses", entre sí y el amor transformante de Cristo. "Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso..." (Mt. 6:22). La pureza de corazón es la "puerta estrecha" (Mt. 7:13) que conduce a la verdadera liberación interior, la libertad de amar totalmente como Dios nos amó. "Teniendo pues estas promesas, queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, para que la santidad sea perfecta ..." (2 Cor 7:1). ¡"Qué puro debe ser el corazón para poder escuchar a Dios cuando habla en el silencio del corazón! Por que ese es el comienzo de la oración. ¡Qué puras deben ser nuestras manos para decir "Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre!” ¡Qué puros los labios para absolver en Su nombre ...!” (MT).

 

HUMANIDAD

La humildad es quizá la virtud que más fácilmente perdemos nosotros los que hemos hecho de la fe nuestra vida; humildad como conciencia clara de que somos "siervos inútiles" que no se apoyan en su talento o puesto, sino solamente en Él. El Reino solo se abre al humilde. "Recibid el Reino de Dios como un niño" (Lc 18:18). La sencillez es el sello del Reino, por eso no podemos tomarnos a la ligera la prevención del Señor de que solo los que sean como niños entrarán en él. La misma fe parece descansar sobre la humildad. "¿Cómo podéis creer vosotros que aceptáis la gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene solo de Dios?" (Jn 5:44) Aquello que no es Él no es nada. ¡Cuánto tiempo y energía se pierden, cuánto trabajo vano, estéril en el tiempo y en la eternidad, por no tener la humildad en su fundamento! ¡Cuántas casas se desplomarán el Ultimo Día por no haber tenido al Señor como maestro de la obra (Ps 126 ). "El Señor tiene mas necesidad de nuestra humildad que de nuestros logros" (Courtois).

 

BUSCAD AL SEÑOR

La "única cosa necesaria" en el proceso de conversión y renovación es el deseo de Dios, buscarle conscientemente en todo lo que hacemos "con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente" (Mt 22:37). "Si habeis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios..." (Col. 3:1).

La busqueda de Dios no debe asociarse solamente al momento de abandonar el hogar para responder a la llamada de Dios. Si vemos esa busqueda como terminada, entonces indudablemente habra terminado, y aqui esta el peligro de desatender algo aparentemente tan evidente y, sin embargo, tan facilmente perdido. En el momento en que dejamos de buscar, dejamos de encontrar. Tenemos que comenzar la busqueda de nuevo para experimentar el gozo de encontrar otra vez, a sabiendas de que el ansia de El nunca sera infructuosa, "puesto que el que busca siempre encuentra..." (Mt 7:8).

 

EL POZO DE JACOB

"En nuestro ministerio sacerdotal existe una estupenda y penetrante dimensión de cercanía con la Madre de Cristo..." (Juan Pablo II) Creemos que su ejemplo y guía en nuestra vida puede entrañar la clave para la renovación de nuestro sacerdocio, como lo fue para Juan y los Once. Ellos, como nosotros, estaban repletos de sinceridad y buenas intenciones. Habían crecido en sabiduría e intimidad con el Señor a lo largo de tres años de ministerio en su compañía. Se habían vuelto activos, fructíferos, vigorosos predicadores de la buena noticia que Él había venido a traer. Eran discípulos maduros, convencidos de su capacidad para permanecer fieles al Maestro. Hasta aquella Noche. Entonces, todos le abandonaron; cada uno de ellos, a su modo, le traicionó, incluso el "discípulo que Jesús amaba". Pero entre todos ellos fue Juan el que, reconociendo su propia debilidad, acudió a María. Fue Juan el que encontró en ella una fuerza, una serenidad y un amor que sobrepasaba el suyo; un amor que fortalecía el suyo, le guiaba y le sostenía. María condujo a Juan a la fidelidad, a la conversión y a la renovación del Calvario, para permanecer en pie como testigo, solitario entre los Once, del sacrificio sacerdotal de Jesús voluntariamente aceptado.

Si nosotros en nuestra debilidad, en nuestro desfallecimiento, aunque en nuestro deseo de crecer, nos volvemos hacia ella, Madre de cada "discípulo" (Jn. 19:27); si Ella es alguien real en nuestra vida, nos guiará, lo mismo que a Juan, a una fidelidad y una generosidad mas alIá de lo que antes habíamos conocido. Ella puede convertirse para nosotros en el pozo de Jacob viviente, sacando para nosotros el agua viva mientras intercede a su Hijo acerca de nuestro "no tenemos vino” y nos recuerda, nos guía y nos fortalece para "hacer todo lo que Él nos diga..." (Jn. 2:5).

Se trata únicamente de aprender la lección de Juan, la de acoger a Maria “como nuestra", como debieron aprenderlo los Once en Pentecostés, para consagrar a su cuidado y llenar de confianza nuestras vidas, nuestro ministerio y nuestra renovación. En la medida en que vivamos este don llegaremos a apreciarlo, regocijándonos en Él, reconociendo con humildad y gratitud lo recibido y diciendo con el mismo Espíritu Santo que inspiró a Isabel: ¿Quien soy yo para que la Madre de mi Señor venga a mi...?" (Lc 1:42).

Ella es nuestra Madre, y no sólo metafóricamente: "no por voluntad del hombre, sino del mismo Dios" (Jn 1:13).Desde la cruz de Su oculta y continuada com-Pasion, bajo la desgarradora apariencia, Jesús continúa dando el don solemne de su Madre a aquellos a quienes, como Juan, buscan acompañarle a lo largo de los senderos que llevan a los muchos Calvarios desde los cuales sediento exclama: "Hijo, he ahí a tu Madre..."

"Desde ese momento, el discípulo la llevo consigo" (Jn 19:27) Nosotros, los que seguimos este tierno misterio, debemos hacer lo mismo hasta el extremo, acogiendo a Maria "como nuestra", siendo "la causa de su gozo como lo fue Jesús, permaneciendo siempre cerca de ella al igual que Él" (MT), tomando para nosotros "a la que nunca podremos separar de nuestras alegrías, a la que confiamos todas nuestras penas y a través de la que transmitimos nuestro cariño. No creamos que trabajamos con ella con solo decir alguna que otra oración en su honor. Debemos vivir habitualmente con ella, recurrir a ella con confianza infantil en todas nuestras alegrías y penas, imitando sus virtudes y abandonándonos completamente en sus manos" (MT).

Rezando tal y como ella rezó y rezando con ella, entrando dentro de su experiencia de los misterios de la vida de Jesús, en el rezo contemplativo del Rosario, su alma se troca en un filtro vivo que tamiza nuestra propia experiencia del misterio del Dios Vivo.

Su vaciarse la hizo a ella uno con el Jesús que se despojó de su rango y con la humanidad cuyo vacío Él asumió. "Ella está absolutamente vacía: vacía de soberbia, envidia, celos, amarguras, malevolencia y todo ese tipo de cosas. Por eso puede estar llena de Dios. Y nosotros, en nuestra búsqueda de ese tipo de vacío, practicamos una devoción autentica hacia ella. "He ahí la esclava del Señor. .." humilde, escondida, absolutamente vacía de si misma" (MT).

En su vacío ella estaba llena, siendo solo capaz de comunicar a Jesús, ya que ella estaba "tan llena de Jesús que podía llevarlo a los demás... Lo más hermoso de Nuestra Señora fue que cuando Jesús entró en su vida, ella se fue inmediatamente, presurosa, a donde estaba Isabel para ofrecerles a Jesús a ella y a su hijo. Como leemos en el Evangelio, el Niño saltó de alegría en su vientre al sentir por primera vez la presencia de Cristo..." (MT).

El misterio de su Corazón, es el misterio de una oblación perfecta: oblación como un vaciarse de sí misma y como ofrenda total, un "verterse" en armonía con Él, que llevó a cabo Su oblación en y a través de ella. Porque tenía un corazón tan completamente vacío pudo ser completamente colmado, y para poder dar en totalidad es al mismo tiempo Virgen de los Pobres y Madre de la Caridad. Si la pobreza y la caridad van juntas, ella, cuya pobreza de espíritu conoció tales profundidades, debe poseer un corazón tallado por esa pobreza en abismo y fuente del amor. En esto consiste el doble misterio de su Corazón, el misterio de su pobreza y de su caridad, que nuestro Movimiento desea proclamar e imitar con cariño. Este es el misterio que hizo de ella lo que debemos llegar a ser nosotros: portadores de Cristo.

Y así, los Sacerdotes Colaboradores deben desear encontrar siempre su inspiración, guía y protección en el patronazgo de María, Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes. Al consagrar el Movimiento a su Corazón Inmaculado, causa de nuestra alegría, le pedimos que comparta con nosotros su pobreza de espíritu, su humildad, su pureza de corazón, su devoción e intimidad con el Señor, su deseo de dar a Jesús antes que a sí misma; que nos haga partícipes del amor indiviso con el que ella misma lo amó. El Movimiento desea permanecer injertado y enraizado en María, en su experiencia única del misterio del amor de Dios revelado en su Hijo, emplazando nuestro Movimiento dentro de su propio "movimiento" de amorosa correspondencia al amor y misericordia de la Trinidad. No dejemos de pedirle esta gracia: pidámosle el don de la conversión y de la renovación, el don de su pobreza de espíritu y de su caridad: "María, queridísima Madre nuestra, danos tu Corazón, tan hermoso, tan puro, tan inmaculado, tan lleno de amor y humildad, de modo que seamos capaces de recibir a Jesús en el Pan de Vida, amándole como tú Le amaste y servirle bajo la desgarradora apariencia de los más pobres de entrelos pobres".